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Jeaan-Baptiste Poquelin alias Molière:  Las mujeres sabias – Actos 1 y 2

May 12, 2022
J.-B. Poquelin

“…BELISA.- ¡Despacio, jovencito, despacio! Guardaos de abrirme vuestra alma de par en par… Si he accedido a poneros en la categoría de mis cortejadores, admiradores y  pretendientes, contentaos con vuestros ojos como únicos intérpretes, y no me expliquéis por medio de otro lenguaje unos deseos que, en mi casa, significan un ultraje. Amadme, suspirad, consumíos por mis hechizos, mas preferiría no saberlo. Contentaos con contemplarme, pero no me digáis nada con palabras.”

Sin la dificultad “técnica” de transcribir cada una de las frases, indicaciones o parrafadas que integran el texto de una Comedia clásica o barroca, quedaría corto todo intento de recrearla aquí  cuando además debemos prescindir  de “producirla” – siquiera in mente – tal cual  se estuviese desarrollando en un escenario: como espectáculo teatral  en concretos actos, escenas, gestos, movimientos.  Si acaso el alto nivel de su sola escritura ya por sí  bastara para garantizar su excelencia, como ocurre con la mayoría de las piezas cómicas de Molière, miraríamos con mayor expectativa  de éxito el resultado de este posteo. En la esperanza de que los dos actos publicados abajo “abran el apetito” en pos del texto completo, los confío a vuestra sabia indagación.-

LAS MUJERES SABIAS –  por  Molière

CRISALIO, buen burgués FILAMlNTA, esposa de CRISALIO ARMANDA y ENRIQUETA, hijas de Crisalio y Filaminta BELISA, hermana de Crisalio MADELEINE, hermana de Crisalio CLITANDRO, amante de Enriqueta TRISSOTIN, pedante VADIUS, sabio amanerado (O mujer sabia, -Vadia-) MARTINA, la criada ESPINA, una criada JULIANA, criada de Vadius Un NOTARIO (O mujer notaria)

PRIMERA PARTE –  ACTO PRIMERO:

 ESCENA PRIMERA –  ARMANDA y ENRIQUETA ARMANDA.- ¡Muy bien! ¿No te gusta el bellísimo nombre de hija, que es todo un título de grandeza y quieres abandonar ese dulce estado? ¿Y te atreves, como la cosa más natural, a aceptar alegremente la idea de la boda? Pero…, ¿cómo se te puede ocurrir esa vulgaridad? ENRIQUETA.- Pues ya ves, hermanita. ARMANDA.- ¡No puedo soportar ese estúpido “ya ves”! Me mareo sólo con oírte. ENRIQUETA.- Yo no sé qué puede tener el matrimonio para poner a nadie enferma. ARMANDA.- Pues, me pone… ¡Ah!… ¡Puaf!… ¡Aaaaah! ENRIQUETA.- ¿Qué te pasa? ARMANDA.- ¿No lo ves? Náuseas. ¡Puaf!… ¡Aaaah!… ¡Náuseas! Te lo dije y te lo repito. ¿No comprendes que la palabra boda es tan repugnante que marea sólo oírla? ¿No ves que es una…, una expresión que hiere y que…, que ensucia el pensamiento con imágenes soeces?… ¡Boda!… ¿Es que no tiemblas?… ¿Es que tu corazón no se subleva ante las incitaciones y las sugerencias de esa palabra? ENRIQUETA.- Las sugerencias de la palabra boda me hacen ver un marido, unos niños y un hogar. Ninguna de esas imágenes es soez, ninguna me hiere y ninguna me hace temblar. ARMANDA.- Entonces…. ¿es que te gustan? ENRIQUETA.- ¡Ya lo creo! No se me ocurre nada mejor, a mi edad, que casarme con un hombre que me quiera y a quien quiera. Nada más lógico que esperar de ese amor el nacimiento de una vida inocente. ¡Si no te parecen bastantes atractivos…! ARMANDA.- ¡Dios Santo!, qué espíritu tan bajo es el tuyo. Sólo aspiras a ser una criatura inferior, a ocuparte de problemas domésticos y a tener por todo placer la idolatría de tu marido y de tus hijos. ¡Déjale a la gente vulgar ese tipo de diversiones! ¡Pon tu deseo en una meta más alta!… ¡Piensa en un tipo de placeres más nobles! En fin, 4 haz como yo, desprecia los sentidos…, desprecia la materia vil y dedícate a los grandes temas del espíritu… Toma ejemplo de mamá, que es una sabia reconocida por todos… Procura, nada más y nada menos, que ser hija suya… Aspira a una parte de la gloria que a todos nos cubre… Sensibilízate, hermana, sensibilízate a la paz que proporciona el estudio a los corazones instruidos… Nada de sujetarse a la ley del hombre… ¡Por favor, hermana, cásate con la filosofía, que ella te elevará sobre el resto de los mortales!… La filosofía, hermana, la filosofía, que no tiene más ley que la razón y que es capaz de dominar esos deseos de nuestro yo “animal” que son los que nos convierten en bestias… Ese es el fuego, ese es el amor al que debe consagrarse la vida… Me da vergüenza ver a mujeres sensibles dedicadas a otros menesteres.  

 ENRIQUETA.- ¿Y a mí que me parece que Dios hace muy bien las cosas? A cada uno nos crea para un destino distinto. Seguramente no corta siempre la misma tela para que no le salga siempre un filósofo. Si a ti te hizo para la grandeza de la sabiduría, creo que en mí pensó para las cosillas terrenales… Y, desde luego, para el hogar… Así que… cumplamos el reglamento y respetemos nuestro carácter… Tú vete trepando a todo lo alto de la filosofía… Pero déjame a mi que rastree tranquila por el vil camino del matrimonio… Así imitaremos las dos a mamá… Tú, su alma y… su espíritu… Y yo sus sentidos y… todo lo bajo… Tú buscas su inteligencia y yo copio su… su materialidad… ¿Vale? ARMANDA.- No. Imitar a una persona no es toser y escupir como ella. Hay que tomar a la gente en su integridad. ENRIQUETA.- Pero tú no serías tan elevada ni… tan importante, si mamá sólo hubiese tenido espíritu, digo yo… Algún rato se le ha debido olvidar la filosofía, porque si no… Por favor, sonríe un poquito a esas cosillas materiales, a las que, al fin y al cabo, debes tu inteligencia y no trates de hacer proselitismo ni intentes evitar el nacimiento de algún pequeño sabio que, a lo mejor, tiene ganas de venir al mundo. ARMANDA.- Me parece difícil curarte de tu obstinación matrimonial… Bien… Dime, por lo menos, por quién te has decidido… ¿Porque supongo que no se te habrá ocurrido pensar en Clitandro?. ENRIQUETA.- ¿Y por qué no se me iba a ocurrir?. Clitandro está muy bien. ARMANDA.- Claro que está bien. Pero no es decente querer quitárselo a otra. Todo el mundo sabe que anda muerto por mí. ENRIQUETA.- Sí. Pero tú no puedes rebajarte al matrimonio. Tú has renunciado a casarte. Tú estás enamoradísima de la filosofía… ¿No?, pues, entonces, si no te importa Clitandro, ¿qué mas te da que me lo lleve yo?. ARMANDA.- El hecho de que mi espíritu gobierne a la materia no quiere decir que no me guste ser deseada. No quiero casarme, pero me gusta tener un admirador. ENRIQUETA.- ¡Si a mí no me importa nada que sienta admiración por tu inteligencia! Yo me quedo con su amor material, que es lo que has rechazado tu elevado espíritu. ARMANDA.- ¡Ah, sí! ¿Te basta con los restos de un caballero despechado? ¿O es que crees que ya no piensa más que en tí?. 5 ENRIQUETA.- Lo creo, porque me lo ha dicho. ARMANDA.- ¡Pues desconfía un poco! Si te ha dicho que me deja a mí y te quiere a tí, vamos, te aseguro que se engaña. ENRIQUETA.- Puede. Pero si eso te divierte lo vamos a saber ahora mismo… Ahí viene… Verás qué pronto se aclara la cosa.

 ACTO PRIMERO: ESCENA SEGUNDA – CLITANDRO, ARMANDA y ENRIQUETA ENRIQUETA.- Mi hermana me ha puesto en duda, Clitandro. Por favor, decide entre ella y yo… Dinos dónde estás y… a quién quieres ARMANDA.- No, no… No… Nada de explicaciones odiosas… Tengo un gran respeto por la intimidad ajena y sé lo violenta que es una confesión. CLITANDRO.- ¡Qué va! Violencia ninguna. Confieso en alta voz, con toda claridad y franqueza, que estoy preso y enamorado…. (Señala a Enriqueta)… de ti. ¡Que no haya equívoco! ¿No es eso lo que tú querías? Claro que me gustabas y… bastante que suspiré por ti… durante cierto tiempo mi corazón pareció una llama inmortal… Pero tú no me encontraste suficientemente intelectual… Me despreciaste tanto que, harto de sufrir, busqué otra cadena menos dura… (Señala a Enriqueta.) Y la encontré. Me miraré en sus ojos hasta la eternidad. Porque ni me han hecho sufrir ni me han despreciado por lo que podía tomarse como un puro gesto de despecho. Ahora sí que me siento encadenado… De manera que no intentes recuperar a quien quiere quedarse con su nueva paz y felicidad. ARMANDA.- ¿Quién ha pretendido eso? Tú no me importas nada. Encuentro divertido que creas que te has enamorado de mi hermana, y, por otra parte considero una impertinencia que me lo digas a mí. ENRIQUETA.- ¡Eh, cuidado, hermanita, cuidado! ¿Qué hace la filosofía que no controla a la bestia?. ARMANDA.- ¿Y dónde está tu sentido moral si te atreves a hablar de amor sin consentimiento de quienes te dieron el ser?… Tu deber es aceptar sus órdenes… Te casarás con quien ellos te digan. Es un crimen rebelarse contra los padres. ENRIQUETA.- Gracias por la lección. La aprovecharemos. Clitandro, por favor, refuerza tu cariño con la autorización de mis padres. CLITANDRO.- Voy a hacer todo lo que pueda para conseguirlo. Estaba esperando tu permiso. 6 ARMANDA.- Tu ganas. Pero no pienses que sufro por eso. ENRIQUETA.- ¿Quién, yo? De ninguna manera. Si ya sé que a ti te gobierna la inteligencia… Tu sentido filosófico te evita muchas penas. Al revés… yo espero que me ayudarás, que echarás una mano a Clitandro y que, con tu voto, tendremos boda muy pronto… Sí… Por favor… Verás.. ARMANDA.- La burla de la pobre inculta…, tan orgullosa con su amor de segunda mano… ENRIQUETA.- Ya lo sé… ¡Y que no te gustaba poco a ti! ¡Si hubieras podido recuperarlo!… ARMANDA.- No vale la pena contestarte… Oídos sordos para las palabras necias… ENRIQUETA.- ¡Por fin! ¡Ojalá mantengas un poco esa insólita prudencia!.

ACTO PRIMERO: ESCENA TERCERA CLITANDRO y ENRIQUETA ENRIQUETA.- Tu confesión la dejó furiosa. CLITANDRO.- Se merece la franqueza más brutal. Todos esos desplantes vanidosos me obligaron a ser bárbaramente sincero… En fin… Voy a hablar con tu padre. ENRIQUETA.- Sería mejor que intentases conquistar primero a mamá. Mi padre es muy bueno y consiente en todo…. pero tiene poca energía… Dios le ha hecho tan sencillo que se somete en todo a mamá; mamá reina, gobierna y legisla como mejor le parece. Quisiera que fueses simpático con mi madre y mi tía…, que…, no sé… buscases algún medio de atraerte su estimación… CLITANDRO.- Nunca he podido hacer eso…, ni siquiera fui capaz de halagar a tu hermana… No me gustan las bachilleras. Paso, naturalmente, porque haya mujeres listas… Pero me molesta que estudien y se conviertan en medio sabias sólo para que se lo digan… Por eso me cae tan bien que, a veces, una mujer parezca incluso ignorar lo que sabe. Quiero, Dios mío, que disimule su ciencia, que sea culta sin querer que todo el mundo lo sepa; que no haga citas; que no me cañonee con grandes frases; que no quiera alardear de talento en la menor ocasión.. En fin…, yo respeto a tu madre, pero no puedo aprobar sus elucubraciones ni hacerme eco de las cosas que dice ni del enorme incienso que a todas horas se echa encima, como si fuese una heroína. Su famoso señor Tritontín me aburre hasta morir. Y me da rabia ver que tu madre lo estima como si fuese un verdadero genio. ¡Un genio! Un imbécil harto de que le silben; un pedante que está abarrotando la ciudad de cuartillas que nadie tiene ganas de leer. ENRIQUETA.- Si, sus textos son plúmbeos y sus parrafadas insufribles. Estamos de acuerdo. Pero tiene mucha influencia con mi madre y debes ser amable con él. Los 7 enamorados han de luchar en todos terrenos. Necesitamos muchos aliados y pocos enemigos. Es mejor gustarle incluso al perro de la casa. CLITANDRO.- Tienes toda la razón, pero Tritontín me saca de mis casillas. No puedo deshonrarme admirando sus tonterías sólo para contar con su voto. Sabía que era tonto mucho antes de conocerle… Sólo leyéndole supe que era pedante, vanidoso y presumido… Primero pensé que era un osado… Después supe que su indolente seguridad es la que le hace estar siempre tan contento consigo mismo… que por eso está tan satisfecho con todo lo que escribe… y que no cambiaría su ínfimo renombre por todos los honores de un capitán general. ENRIQUETA.- Tienes buena vista si has visto todo eso, amor. CLITANDRO.- ¡Con decirte que leí los versos y me imaginé el poeta! Tanto es así que un día, en el Palacio de Justicia, me tropecé con un sujeto, adiviné que era el mismísimo Tritontín y gané una apuesta. ENRIQUETA.- Embustero. CLITANDRO.- ¡Créeme!… ¡Huy!, ¡Tu ilustre tía! Voy a contarle nuestro secreto y a pedirle que nos ayude con tu padre. (Sale Enriqueta)

ACTO PRIMERO: ESCENA CUARTA – BELISA y CLITANDRO – CLITANDRO.- Señora, permitidle a un enamorado que se aproveche de este momento y os descubra la sinceridad de su amor… BELISA.- ¡Cuidado, por Dios! ¡Guardaos mucho de abrir del todo vuestra alma! Si he aceptado que entréis en la categoría de mis admiradores, contentaos con mirarme. No utilicéis otro idioma, para revelar deseos que, en mi estructura mental, son pura y llanamente verdaderos ultrajes. Amadme, bueno… Suspirad, bueno… Padeced y consumíos por mis encantos… Está bien… Pero dejadme que permanezca en la ignorancia… podré cerrar los ojos sobre vuestra pena siempre que lloréis en silencio… Pero si abrís la boca os tendréis que exilar. CLITANDRO.- No, señora, no os asustéis. A mí quien me gusta es Enriqueta. Enriqueta me encanta. Lo que yo os quería pedir era que me ayudaseis… pero con Enriqueta. BELISA.- ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!.. Notable, notable, notable dialéctica. Enhorabuena. En ninguna novela he encontrado una salida tan astuta. CLITANDRO.- No es una salida, señora. Es la verdad. Dios ha querido rendirme a la hermosura de Enriqueta. Me siento muy feliz y quiero casarme con ella. Tenéis influencia y os pido que me ayudéis. 8 BELISA.- Ya veo con qué suavidad planteáis las cosas soy inteligente y entiendo lo que hay que entender en estos casos… ¡Pero qué hábil sois! … Bien. Os contestaré como si aceptase vuestro juego dialéctico. Enriqueta, digo…Enriqueta, se rebela ante la palabra matrimonio. No hay nada que hacer ni nada que pretender. Sólo se puede morir, ya está dicho, morir por ella, y nada más. CLITANDRO.- Pero, señora, por favor… ni os sintáis molesta ni penséis lo que no es. BELISA.- ¿Lo que no es? Vamos, sed hombre. No os defendáis de lo que hace tiempo me han revelado vuestras miraditas. Estoy satisfecha con el inteligente ardid de vuestra declaración indirecta. Ahora ¡oidme!.. Dentro de los límites a que lógicamente os obliga el respeto, la mujer que amáis acepta vuestro homenaje siempre que, arrebatos aparte, vuestros deseos se eleven y purifiquen como en un altar. CLITANDRO.- ¡Pero, señora! BELISA.- Y adiós… Esto debe bastaros por el momento. He hablado bastante más de lo que quería. CLITANDRO.- Señora, que estáis equivocada… BELISA.- Basta. Me ruborizo. ¡Qué violencia, qué violencia para mi pudor! CLITANDRO.- Señora, que me ahorquen si yo estoy enamorado de vos… Y para ahorcarme que… BELISA.- He dicho basta y he dicho basta. No quiero oír nada más.

ACTO PRIMERO: ESCENA QUINTA – CLITANDRO, solo CLITANDRO.- ¡Qué se vaya al diablo esta loca que ve visiones! ¡Pues estamos buenos con su modestia y su clarividencia!… No, no… ¡Aquí hay que buscar inmediatamente una persona cuerda!. 9 ACTO SEGUNDO ACTO SEGUNDO: ESCENA PRIMERA CRISALIO y ARISTO ARISTO.- (Despidiéndose de Clitandro) Te traeré la contestación cuanto antes. Te defenderé, haré fuerza, pelearé lo que haga falta… ¡Cómo son los enamorados! La impaciencia es su norma… Nunca, nunca he…

[… …]ACTO SEGUNDO: ESCENA SEGUNDA CRISALIO y ARISTO. ARISTO.- Dios te guarde, hermano. CRISALIO.- Y a ti también. ARISTO.- ¿Sabes a lo que vengo? CRISALIO.- No. Pero te escucho. ARISTO.- ¿Hace mucho que conoces a Clitandro? CRISALIO.- Bastante. Viene mucho por esta casa. ARISTO.- ¿Qué opinión te merece? CRISALIO.- Es honrado, listo, bondadoso y honesto. De pocas personas se puede decir tanto. ARISTO.- Pues me trae un deseo suyo. Así que me alegra saber que le quieres. CRISALIO.- Conocí a su difunto padre en un viaje a Roma. ARISTO.- Muy bien. CRISALIO.- Fue un caballero. ARISTO.- Lo sé. CRISALIO.- Teníamos veintiocho años y éramos una pareja de conquistadores. ARISTO.- Te creo.  CRISALIO.- Nos gustaban las señoras y Roma entera habló de nuestras aventuras. Volvíamos celosos a los hombres. ARISTO.- Eso está bien. Pero déjame contarte mi asunto. ACTO SEGUNDO: ESCENA TERCERA Dichos y BELISA, que entra silenciosamente y escucha. ARISTO.- Clitandro me ha pedido que hable contigo; se ha enamorado de Enriqueta. CRISALIO.- ¿De mi hija Enriqueta? ARISTO.- Sí. Enamoradísimo. Nunca he visto a nadie tan apasionado. BELISA.- (A Aristo) No, no. Te estoy escuchando y… No. Tu no sabes nada. Este asunto no está tan claro como parece. ARISTO.- ¿Qué dices, hermana? BELISA.- Clitandro te ha engañado. Desde luego está enamorado, eso es cierto, pero de otra persona. ARISTO.- Te estás burlando. ¿Que Clitandro no quiere a Enriqueta? BELISA.- No la quiere, no. Estoy totalmente segura. ARISTO.- ¡Pero si me lo ha dicho él mismo! BELISA.- ¡Ah, bueno! ARISTO.- ¡Si me ha encargado personalmente que hable con su padre! BELISA.- Claro, claro… ARISTO.- ¡Y me ha suplicado que se arregle la boda cuanto antes! BELISA.- Naturalmente. No se puede ser más listo. No se puede. Enriqueta, aquí entre nosotros, es una tapadera, un ardid, un pretexto, hermano mío, para encubrir otro amor cuya pureza yo conozco bien. No os engañéis. ARISTO.- Bueno, ya que sabes tanto, dinos, si no te importa, quién es, entonces, la persona de quien está enamorado. BELISA.- ¿Lo quieres saber? ARISTO.- Sí, sí. ¿Quién es?  BELISA.- Yo. ARISTO.- ¿Tú? BELISA.- Yo, yo misma. Yo. ARISTO.- ¡Pero bueno, hermana! BELISA.- ¿Qué quiere decir ese “pero bueno”? ¿Qué hay de raro en ello? ¡Me parece que mis hechuras justifican que los hombres se enamoren de mí! Dorante, Damis, Cleonte y Lycidas son bastante prueba de que una tiene suficientes atractivos. ARISTO.- ¿Todos esos están enamorados de ti? BELISA.- Con toda su alma. ARISTO.- Y… ¿te lo han dicho? BELISA.- ¿Decírmelo? ¡Estaría bueno! Ninguno se ha atrevido. Me veneran de tal forma que jamás se les ha escapado la menor insinuación. Pero sus miradas les han traicionado siempre. ARISTO.- ¿Qué dices? ¡Si Damis ya ni siquiera viene por aquí! BELISA.- Por hacer más patente su respeto. ARISTO.- Y Dorante se burla de ti, bárbaramente, donde quiera que va. BELISA.- Los celos. Los celos rabiosos que tiene. ARISTO.- Creonte se ha casado. Lycidas se ha casado. BELISA.- Desesperados por mi indiferencia. ARISTO.- ¡Tú ves visiones! CRISALIO.- (A Belisa) Belisa, por favor, déjate de quimeras. BELISA.- ¿Quimera? ¿Quimérica yo? Tiene gracia… ¡Quimeras! Me encantan las quimeras. Pero no me veo fabricándolas.

ACTO SEGUNDO: ESCENA CUARTA – CRISALIO y ARISTO CRISALIO.- Nuestra hermana está completamente loca.  ARISTO.- Completamente. Y cada día más. En fin, vamos al tema. Clitandro quiere casarse con Enriqueta. Dime qué le contesto. CRISALIO.- ¿Qué quieres contestarle? Que consiento de todo corazón y que consideraré un honor para todos su boda con Enriqueta. ARISTO.- No tiene una gran fortuna, pero… CRISALIO. – No me importa. Es rico en virtudes y eso vale un tesoro. Además, su padre y yo éramos uña y carne. ARISTO.- Vamos a hablar con tu mujer para tenerla de nuestro lado. CRISALIO- Yo le acepto por yerno y basta. ARISTO.- Sí, pero… para reforzar tu consentimiento no estaría de más contar con su aprobación… Anda, vamos… CRISALIO.- Te digo que no hace falta. Yo respondo de mi mujer y me responsabilizo de todo. ARISTO.- Es que luego… CRISALIO.- ¡Que me dejes a mí!… No tengas miedo… Voy a prepararla. ARISTO.- De acuerdo. Yo sondearé mientras a Enriqueta y en seguida vuelvo para que me cuentes… CRISALIO.- Esto es cosa hecha. Ahora mismo hablaré con mi mujer…

ACTO SEGUNDO: ESCENA QUINTA – CRISALIO y MARTINA MARTINA.- ¡Qué mala suerte! ¡Qué mala suerte tengo! ¡Ay, Dios mío!… Por algo dicen que quien quiere ahogar a su perro lo acusa de rabia… ¡Y que no es ninguna herencia el servir a otros!… ¡Ay! CRISALIO- ¿Qué tienes, muchacha?… Martina… ¿qué te pasa? MARTINA.- ¿Que qué me pasa? CRISALIO.- Sí. MARTINA.- Que me han despedido, señor… que me han echado. 13 CRISALIO.- ¿Que te han echado? MARTINA.- Sí, señor… La señora me ha puesto en la calle. CRISALIO.- No lo comprendo, ¿y por qué? MARTINA.- Y me ha dicho que si no desaparezco en el acto me dará cien estacazos CRISALIO.- De ninguna forma.. ¡Tú te quedas! Estoy muy contento contigo, ¿sabes? Es que a la señora se le sube algunas veces la sangre a la cabeza… Pero yo no quiero que te marches…

ACTO SEGUNDO: ESCENA SEXTA – FILAMINTA, BELISA, CRISALIO, MARTINA FILAMINTA.- (Al ver a Martina) ¿Qué es esto, estúpida? ¿Qué haces todavía en esta casa? ¡Vamos, bribona, largo de aquí! Y no vuelvas nunca a ponerte delante de mi vista. CRISALIO.- Despacio, despacio… FILAMINTA.- Este asunto está liquidado. CRISALIO.- ¿Qué? FILAMINTA.- Que se marche. CRISALIO.- Pero… ¿que ha hecho para que te pongas así? FILAMINTA.- ¿Es que vas a defenderla? CRISALIO.- No ¡yo que voy a defender!… FILAMINTA.- Entonces… ¿es que te revuelves contra mí? CRISALIO.- Tampoco. ¡Líbreme Dios!… pregunto, sencillamente, cuál es su culpa. FILAMINTA.- ¿Te figuras que voy a echarla sin una causa lícita? CRISALIO.- No he dicho eso… Pero con el servicio hay que… FILAMINTA.- No, no y no. He dicho que se marcha y se marcha… CRISALIO.- -Se marcha. Bien. ¿Quién ha hablado lo contrario?. FILAMINTA.- No me gusta que se obstaculicen mis razonables deseos. 14 CRISALIO.- De acuerdo. FILAMINTA.- Y tú, como un marido lógico, debes ponerte de mi parte y estar con ella tan enfadado como estoy yo. CRISALIO.- (Se vuelve a Martina) Eso hago. Sí, criminal, la señora te echa con razón. Criminal, criminal. Tu crimen es imperdonable. MARTINA.- ¿Pero qué es lo que he hecho? CRISALIO.- ¡Y yo qué sé, hija! ¡Yo qué sé! FILAMINTA.- ¡Ni siquiera experimenta la menor contrición! CRISALIO.- ¿Es que rompió algún espejo… o una porcelana… y eso te ha puesto furiosa? FILAMINTA.- ¿Por eso la iba a echar? ¿Crees que yo me enfado por una nadería?. CRISALIO.- (A Martina.) ¿Qué quieres que diga? Así que el asunto es bastante más grave… FILAMINTA.- Naturalmente. ¡No estoy loca! CRISALIO.- Ya sé. Ha desaparecido una bandeja de plata… FILAMINTA.- Eso no sería nada… CRISALIO.- ¡Diablo! Pues no sé qué… (A Filaminta.) ¿La has sorprendido robando? FILAMINTA.- Peor. CRISALIO.- ¿Peor que robar? FILAMINTA.- Peor… CRISALIO.- (A Martina) ¡Caray! ¡Ah, miserable!… ¡Ahora comprendo!… ¡Ya sé!… (A Filaminta) La has descubierto con un… FILAMINTA.- ¿Sabes cómo le ha llamado a este salón? ¡La “viejoteca”! MARTINA.- ¡Usted lo dijo ayer! FILAMINTA.- Dije “biblioteca”. Me rompe el tímpano con su lenguaje. Después de treinta clases, de treinta, ha pronunciado una palabra bárbara e impropia, condenada taxativamente por la Academia. CRISALIO.- ¿Y esa es la causa por la que…? 15 FILAMINTA.- Claro… Está todo el día, a pesar de mis admoniciones, corrompiendo la gramática. La Gramática, que es la madre de todas las Ciencias. La Gramática, que obliga a los reyes y les somete a su disciplina. CRISALIO.- Pensé que había cometido un crimen. FILAMINTA.- Y eso es lo que ha hecho. ¿O no? CRISALIO.- Sí, sí. Claro. FILAMINTA.- ¡Tendría gracia que quisieras absolverla! CRISALIO.- No, no, me guardaré muy bien. BELISA.- La verdad es que es una pena. No tiene idea de sintaxis… La destruye.. ¡Y cuidado que se la hemos explicado cien veces!. MARTINA.- Ustedes predican muy bien. De acuerdo. Pero yo nunca conseguiré hablar esa jerga. FILAMINTA.- ¡Deslenguada! ¡Llamar jerga a un idioma basado en la lógica y la buena literatura!. MARTINA.- Cuando a una se la entiende es porque sabe hablar. En cambio a ustedes no hay quien les entienda, nada de nada nunca jamás. FILAMINTA.- ¿Ves? ¿Ves su estilo? “Nada de nada nunca jamás.” BELISA.- ¡Desgraciada! ¡Eres una desgraciada! ¿Es posible que a pesar de nuestra devoción pedagógica no hayamos conseguido enseñarte a hablar con propiedad? Es inútil doblar un “nada” con otro “nada” y en cuanto al “nunca” y el “jamás” debes saber que basta una negación. MARTINA.- Pero yo no he estudiado. Yo… Hablamos como en mi casa. FILAMINTA.- No la puedo oír. No puedo BELISA.- ¡Un solecismo detrás de otro! FILAMINTA.- Mi oído no lo resiste. BELISA.- ¡No tienes ninguna base cultural! “Yo” es singular y “hablamos” es plural. ¿Por qué ofendes a la Gramática? MARTINA.- ¿Yo? Yo no he ofendido a nadie. BELISA.- La Gramática no es un ser. Ya te lo he explicado otras veces MARTINA.- Que sea lo que quiera. A mí qué me importa.  BELISA.- ¡Alma ruin! ¡Raza degenerada! La Gramática organiza la mecánica del nombre y el verbo, el adjetivo y el sustantivo. MARTINA.- No tengo el gusto de conocer a ninguno. FILAMINTA.- ¡Qué suplicio! BELISA.- Son los nombres de las palabras. Hay que vigilar su concordancia. MARTINA.- Que se concuerden solas… o que no se concuerden… A mí que me importa. FILAMINTA.- (A Belisa) Acabad de una vez. (A Crisalio) ¿La echas a la calle o no? CRISALIO.- (Aparte) Claro que sí… ¿Qué puedo hacer? No la enfades más, Martina. Retírate, por favor. FILAMINTA.- ¿Por favor?… ¿Es que temes ofenderla? ¿A que viene tanta amabilidad? CRISALIO.- (Con tono firme.) ¿Amable yo? Vamos… ¡Fuera! (Con voz más dulce.) Vete, hija mía…

ACTO SEGUNDO: ESCENA SÉPTIMA – FILAMINTA, CRISALIO y BELISA CRISALIO.- Bien. Ya se marchó la pobre. Ya estás contenta. Pero yo no apruebo ese despido. Era una muchacha limpia y trabajadora. La has despedido por una causa bien tonta. FILAMINTA.- ¿Ah, sí? ¿Queréis que la guardase a mi servicio para que me deshiciera el oído ofendiendo a todas horas la razón con su bárbara mezcla de vicios sintácticos, violencias semánticas y refranes del mercado? BELISA.- Yo he sudado al oírla. Destroza el diccionario a todas horas. Sin contar con que sale de un pleonasmo para caer en una cacofonía. CRISALIO.- ¿Y que nos importa que no siga las recetas de la Academia si sigue las de cocina? Yo prefiero que pele bien las habichuelas aunque concuerde equivocadamente las partes de la oración y prefiero que se exprese vulgarmente a que se le pegue el puchero o se le queme la carne… Yo como de las ollas y no de la gramática. La Academia no tiene idea de como se hace un potaje… Y los literatos que más palabras bonitas dicen, a lo mejor son un desastre como cocineros. FILAMINTA.- ¡No se puede concebir un discurso más grosero! ¡Qué cosa indigna es que un ser que se tiene por hombre, se rebaje sin cesar hacia las preocupaciones materiales y  que nunca se eleve a las regiones del espíritu! El cuerpo, esta miseria, ¿merece que se piense siquiera en él? ¿Es que no es mejor olvidarlo? CRISALIO.- Mi cuerpo soy yo mismo y me gusta tratarlo con mimo. Puede que sea una miseria, pero yo le tengo bastante cariño. BELISA.- El cuerpo está unido al espíritu, hermano… Es verdad… Pero toda persona culta concede primacía a los valores espirituales sobre los materiales… Por eso, nuestra gran preocupación debe ser alimentarnos de ciencia… CRISALIO.- Me parece que si quieres alimentar el espíritu, también tendrás que darle carne… No demostráis ninguna solicitud por… FILAMINTA.- ¡Ay, “solicitud”! ¡Que palabra más anticuada! BELISA.- Más que anticuada, cursi… CRISALIO.- Está bien. Estallo, me quito el antifaz y suelto la bilis. Todo el mundo os tiene por locas y yo tampoco os puedo soportar… FILAMINTA.- ¿Qué estás diciendo? CRISALIO.- (A Belisa) Te hablo a ti, hermana. Te disgustan los solecismos, ¿eh? Pues busca una palabra para tu manera de ser. Tus librotes tampoco me gustan a mí. Fuera de un tomo gordo de Plutarco que puede servir para planchar los cuellos, ¿por qué no quemas esa colección de mamotretos y dejas la ciencia a los hombres de ciencia? ¡Quita ya de la buhardilla ese horrible catalejo que asusta a la gente y todas las otras porquerías que hay al lado! No te hace ninguna falta saber lo que están haciendo en la luna. ¡Ocúpate de lo que se hace en la casa, que está todo fatal! No hace falta que estudies tanto ni que sepáis tantas cosas inútiles. Educar a los hijos, tener el hogar ordenado, vigilar el servicio, administrar los gastos, eso sí que es un estudio valioso y una filosofía útil. Nuestros padres eran gentes muy sensatas, para quienes una mujer ya sabía bastante en cuanto podía distinguir las calzas de los jubones… Aquellas mujeres leían mal, pero vivían bien… El hogar las entretenía… y su ciencia era la del dedal, el hilo y las agujas… porque cuidaban las ropas de sus hijos… ¿Qué pasa ahora con estas señoras que todas quieren escribir y publicar libros? Pasa que nada les parece bastante elevado y que creen que han descubierto los secretos del mundo y que ya lo saben todo… Naturalmente, todo, menos lo que de verdad hay que saber. ¡Qué señoras! Saben cómo marcha la luna y la estrella polar, Venus, Marte y Saturno, con quienes yo tengo relaciones escasísimas… y con esa ciencia infusa y rebuscada nadie tiene idea de cómo marcha la cocina… que esa si que es necesaria… Hasta el servicio se contagia de tanta preocupación cultural… ¿Claro, ya son tan cultos, que ninguno hace lo que tiene que hacer?. La conversación es la tarea número uno de esta casa y con tanto conversar se han enloquecido… todos… Uno quema el asado porque está leyendo historias…; otro me recita un poema cuando tengo sed; en fin, que siguen tan bien vuestro glorioso ejemplo que se han convertido en servidores que no sirven… Quedaba una pobre muchacha milagrosamente salva de la peste cultural y ya está en la calle por ofensas a la Gramática. Te digo, hermana, que estoy harto… Te hablo a ti… No quiero seguir viendo más latinistas por esta casa… No quiero volver a ver a ese  señor Tritontín… El es quien os ha sorbido el seso con sus pretensiosas tonterías… Nunca se saca nada en limpio de sus peroratas… Es un loco. FILAMINTA.- ¡Qué indignidad, Dios mío! ¡Qué indignidad! ¡Indignidad de pensamiento e indignidad de lenguaje!. BELISA.- Nunca he visto a los átomos organizarse peor ni formar un cuerpo humano tan mezquino y tan burgués como el tuyo… ¡No es posible que seas de mi misma sangre!… ¡Me voy confundida y abochornada!…

ACTO SEGUNDO: ESCENA OCTAVA – FILAMINTA y CRISALIO. FILAMINTA.- ¿Té queda todavía algo dentro? CRISALIO.- ¿A mí? No, ya acabé. No tengo ganas de pelea. Hablemos de otro tema. A tu hija mayor parece que le disgusta el matrimonio… ¡Qué caramba, es una filósofa!… No tengo nada que decir… Está educadísima… Muy bien dirigida… Pero la pequeña es bastante distinta. Me parece que ha llegado el momento de buscarle marido y casarla. FILAMINTA.- Ya he pensado en eso, y también te quería hablar, precisamente. Ese señor Tritontín, cuya amistad nos echas en cara como si fuese un crimen y que no cuenta con tu estimación, es la persona que he elegido para marido de Enriqueta. Sé cuánto vale mucho mejor que tú. No me discutas. Es asunto resuelto. No quiero oír tu opinión sobre este matrimonio. Hablaré con Enriqueta. Tengo razones para defender a mi candidato y sabré en seguida si la has preparado en su contra.

ACTO SEGUNDO: ESCENA NOVENA –  ARISTO y CRISALIO ARISTO.- Bueno, bueno… He visto salir a tu mujer. ¿Ya habéis hablado? CRISALIO.- Sí ARISTO.- ¿Todo resuelto? ¿Aceptó? ¿Está hecha a la boda? CRISALIO.- No del todo. ARISTO.- ¿Se opone? CRISALIO.- No. ARISTO.- ¿Tiene dudas? 19 CRISALIO.- En absoluto. ARISTO.- Entonces, ¿qué pasa? CRISALIO.- Me ha ofrecido otro yerno. ARISTO.- ¿Otro yerno? CRISALIO.- Otro. ARISTO.- ¿Cómo se llama? CRISALIO.- El señor Tritontín… ARISTO.- ¿Qué dices? ¿El señor Tritontín? CRISALIO.- Sí. Ese que habla en verso cuando no habla en latín. ARISTO.- ¿Y tu le has aceptado? CRISALIO.- ¿Yo?… De ningún modo… ¡Dios no lo quiera! ARISTO.- ¿Qué has dicho? CRISALIO.- Nada. Y como no he dicho nada, a nada me he comprometido. ARISTO.- Eso está bien. ¿Le propusiste, al menos, a Clitandro? CRISALIO.- No, como se habló de otro yerno, preferí no descubrirme. ARISTO.- Realmente, tu prudencia es excesiva. ¿Es que no te da vergüenza ser tan blando? ¿Cómo puedes resignarte ante el poder absoluto de tu mujer sin atreverte jamás a contradecirla? CRISALIO.- Hablar es muy fácil ¡Tú no sabes cuanto me molestan los gritos! Me gusta la paz, el reposo, la tranquilidad. Mi mujer tiene un carácter horroroso… La verdad es que le da mucha importancia a la palabra filosofía, pero es una verdadera furia colérica. Y su espíritu, tan despreciativo de los bienes materiales, se ve que le activa muchísimo el hígado. En cuanto le llevo la contraria tenemos ocho días de temporal… Empieza a gritar y ya tiemblo… Es un dragón… No sé dónde meterme… Y esa es la auténtica fiera a la que tengo que llamar “corazón mío” y “mi vida”. ARISTO.- Te estás burlando de mí. Tu mujer te domina porque eres un cobarde. Su única fuerza es tu debilidad. Tú eres quien, al entregarle el mando, te has sometido a su altanería y la has dejado mangonear. Decídete a ser un hombre de una vez y ten el valor de imponer tu voluntad. ¿Vas a dejar que sacrifiquen tu hija a la locura de esta casa? ¿Vas a dejar que la entreguen a un mentecato sólo porque ha sabido aturdirles con media 20 docena de latinajos? Un pedante, eso es lo que es, por mucho que tu mujer piense que es un gran filósofo y que sus poemas son inconfundibles… Vamos… Esto es una broma… Tu cobardía da risa. CRISALIO.- Tienes razón. He hecho mal. Bien. Habrá que mostrarse enérgico, hermano. ARISTO.- Eso es hablar por derecho. CRISALIO.- Es humillante estar así gobernado por una mujer. ARISTO.- Bien dicho. CRISALIO.- Ha abusado de mi buen carácter ARISTO.- Exacto CRISALIO.- Y de mi sencillez. ARISTO.- Indudable. CRISALIO.- Hoy va a saber, hoy mismo, que mi hija es mi hija, y que yo soy quien tiene que aprobar o no su matrimonio de acuerdo con mis ideas. ARISTO.- Así te quiero ver. CRISALIO.- Tu defiendes a Clitandro y sabes donde vive. Hermano: dile que venga, cuanto antes. ARISTO.- Voy corriendo. CRISALIO.- Ya he sufrido bastante. Ahora van a saber lo que es un hombre.   [///>> continúan actos 3,  4 y 5 ]

[fuente 1 http://www.ctvteatro.com/Biblioteca/Moliere/Las.mujeres.sabias.pdf ]

[fuente 2  https://biblioteca.org.ar/libros/211785.pdf ]

[fuente 3 https://www.academia.edu/39048870/_LAS_MUJERES_SABIAS_Moliere_TALLER_DE_INTERPRETACI%C3%93N ]

-O-O-O-

Francisco de Quevedo y Villegas

«Ranas del infierno, hablando sin ton ni son, húmedas y en cieno, sabandijas tan perniabiertas y que no se comen sino de medio abajo…»;

con estas palabras se refería Quevedo a algunas mujeres de su época, en concreto, cargó duramente con un grupo a las que denominó las «hembrilatinas».

Según la profesora del Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca, Lina Rodríguez Cacho, el escritor de Barroco, Francisco de Quevedo y Villegas, tiende a concentrar en la mujer «el desengaño máximo» convirtiéndola casi en emblema de la corrupción y de la desconfianza como expresa el literato madrileño en Sueño del Infierno.

El único «mal» cometido por estas mujeres a las que hacía referencia Quevedo era tener formación, en concreto, según Rodríguez, atreverse a competir con hombres en oratoria latina. Ser, lo que definió el escritor, una «hembrilatina, suerte de marimacho que solo es hembra a medias por tener ínfulas de erudita». Según la profesora, esta palabra surgió en un escrito aparecido en Valencia en 1629 firmado por un tal Aldrobando Anathema Cantacuzano, uno de los autores ficticios detrás del cual se escondía Quevedo. Al frente del texto aparecía el título «la culta latiniparla«, por el cual se hizo famoso el escrito donde Quevedo censura que estas mujeres exageren una moda culterana que otros autores habían lanzado antes y que al autor de El Buscón no le eran simpáticos, es decir, Góngora. Con su habitual sátira, Quevedo analizaba la forma de expresión de la mujer culta con ejemplos concretos.

 ¿Pero quiénes eran estas mujeres que aprendieron y dominaron las lenguas clásicas en una sociedad donde la formación y la cultura parecía limitada a los hombres? De este colectivo femenino de la época conocido con el nombre de «las latinas» ha trascendido escasa información, pero hay autores que incluyen a mujeres anteriores a Quevedo y otras contemporáneas. En concreto, serían entre otras, Francisca Nebrija, Luisa Medrano, Cristobaliba Fernández de Alarcón, Beatriz Galindo y Lucía Sigea.

Beatriz Galindo, llamada «La Latina» (1465–1535), fue una escritora y humanista natural de Salamanca, preceptora de los hijos de los Reyes Católicos. Recibió clases de gramática en una de las academias dependientes de la Universidad de Salamanca. Mostró grandes dotes en la traducción, lectura y habla del latín. Su presencia en la Corte no se limitó únicamente a sus labores como preceptora,la reina tenía en muy alta estima sus consejos. Como anécdota, el barrio de La Latina de Madrid tomó su nombre de Beatriz Galindo, donde tuvo su marido terrenos.

Luisa de Medrano Bravo de Lagunas Cienfuegos, llamada erróneamente Lucía, (1484-1527) fue una poeta y pensadora natural de Atienza (Guadalajara). En 1508 llegó a impartir clases en la Universidad en sustitución de Antonio de Nebrija. Su obra poética y filosófica se ha perdido.

Francisca de Nebrija (S. XVI) era hija del autor de la primera gramática castellana, Antonio de Nebrija, y de Isabel Montesinos de Solís. Llegó a sustituir a su padre en la cátedra de retórica de la Universidad de Alcalá, lo que la convierte, (junto con Luisa de Medrano en la Universidad de Salamanca) en una de las primeras mujeres en impartir clases en una universidad en España. Ayudó a su padre con su investigación y escritos, aunque no ha sobrevivido ninguno de sus trabajos personales.

Cristobalina Fernández de Alarcón (1576-1646), natural de Antequera (Málaga) fue hija natural de un escribano educada en el conocimiento de la Gramática y del Latín en la cátedra en la cual se forjó una de las generaciones de poetas más importante del Siglo de Oro español. Ganó numerosos premios en justas y certámenes poéticos, entre ellos una justa para celebrar la beatificación de Santa Teresa de Jesús en la que Góngora fue uno de los jueces. Lope de Vega, que en 1602 visitó Antequera, la calificó en su obra el Laurel de Apolo como «Sibila de Antequera». No obstante, de su obra apenas se ha conservado una decena de poemas.

Luisa Sigea de Velasco (1522-1560) fue otra humanista y poetisa del Renacimiento, natural de Tarancón (Cuenca).En 1540, cuando contaba 18 años de edad, envió una carta en latín al papa Paulo III, junto a algunos escritos propios que recibieron muchos elogios. Hablaba francés, portugués, español e italiano y dominó el latín, el griego, el hebreo, el árabe y el caldeo; estaba versada en Filosofía, Poesía e Historia. Escribió numerosas obras, algunas de las cuales se conservan, aunque se perdieron otras muchas.

[FUENTE https://verseando.com/blog/francisco-de-quevedo-la-culta-latiniparla-catecisma-de-vocablos-para-instruir-a-las-mujeres-cultas-y-hembrilatinas/ ]

posteado por kalais 12/5/2022 – ch

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