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Edward Bulwer-Lytton:  La ruina de Pompeya y La raza futura.  

October 30, 2021

Pudo ocurrir el 24 de agosto del año 79, como recoge la tradición, o tal vez el mismo día de octubre como creen hoy los historiadores. La madre de Plinio el Joven fue la primera en observar “una nube extraña y enorme que se alzaba como sobre una especie de tronco alargado y se extendía en forma de ramas” al otro lado del golfo. Su tío historiador, naturalista y militar laureado suspendió por un momento el estudio para otear el horizonte. ¿Qué era aquello? Debía averiguarlo. Ordenó que le prepararan un barco y preguntó a su sobrino si quería acompañarle, pero este declinó, salvando así su vida. Justo antes de embarcar recibió una carta de su amiga Rectina que vivía a los pies del Vesubio en la que, aterrorizaba, le daba cuenta de la erupción y suplicaba ayuda.

Empujado ahora tanto por la curiosidad como por su sentido del deber, Plinio el Viejo se echó a un mar embravecido con una flotilla de cuatrirremes mientras una lluvia de ceniza comenzaba a caer sobre ellos. A ambos les dominaba la pasión por el estudio y el trabajo que a duras penas les dejaba dormir (‘Vita vigilia est’ – “Vivir es estar despierto”). El Viejo era una auténtica fuerza de la naturaleza que vertió en su ‘Historia natural’ lo leído en más de dos mil volúmenes que citaban investigaciones de geógrafos, botánicos, médicos, artistas, parteras y filósofos griegos y romanos. El Joven fue una figura política importante de su tiempo, sobrevivió al Vesubio y fue abogado, senador, coleccionista de villas, supervisor de alcantarillados y embajador personal del emperador.

“Me imaginé que ahora debía morir con todos los otros y que todos los otros debían morir conmigo. Eso fue un gran consuelo, aunque desgarrador”.
—Plinio el joven, 79 d.C.

Plinio el joven es un personaje importante para el género de la crónica. Nacido en la ciudad de Como, Italia, en el año 61 d.C., perdió a sus padres desde joven y fue adoptado por su tío, Plinio el viejo, reconocido naturalista de la época. El  joven aprendió mucho sobre el mundo natural de su tío. Sin embargo, sería recordado por sus famosas cartas.

 En el año 79 d.C. las ciudades de Pompeya y Herculano padecieron a causa de una erupción sin precedentes en la historia. Al sur de Italia el volcán Vesubio despertó y transformó el mundo de Plinio. La erupción acabó con la vida de su tío y tutor, hecho que lo llevó a escribir una serie de cartas al historiador Tácito sobre la tragedia. Tal y como describe el joven Plinio, el Vesubio ocultó ciudades completas bajo su noche: “…Hacía una hora que debía ser de día, y sin embargo reinaba alrededor una pálida luz crepuscular. […] Frente a nosotros había una horrorosa nube negra, desgarrada de vez en cuando por grandes lenguas de fuego”

Plinio presenció a multitudes enteras observando una nube surcada por rayos de fuego que ocultaba bajo su manto la luz del Sol. Si bien la historia de Pompeya es estremecedora, los hechos se vuelven ideas en el momento en que Plinio los describe. A partir de ese instante, la catástrofe es de todos. En palabras de Walter Benjamin:

[…] lo cierto es que la ceniza se amoldó a cada pliegue de la ropa, cada curva de las orejas y se metió entre los dedos, los pelos y los labios de la gente. Luego se solidificó mucho más rápido de lo que tardaron los cuerpos en descomponerse, y por eso hoy tenemos reproducciones tamaño real de personas que cayeron mientras corrían y luchaban contra la muerte o, cómo pasó en el caso de una muchacha, que se acostaron con los brazos doblados bajo la cabeza a esperar el final.

En una de sus cartas a Tácito, Plinio  narra como él mismo fue cubierto por la ceniza, pero la distancia le ayudó a seguir en movimiento. El recuerdo permaneció.

Las palabras de Plinio dieron pulso vivencial a aquello cubierto por la nube del Vesubio. El joven romano hizo una crónica precisa donde las líneas escritas se invitan una a la otra para formar una imagen. Nosotros, instalados en nuestro contexto, no podríamos entender a Plinio de no ser por el carácter literario de su crónica.

Plinio tenía la difícil tarea de relatar algo que no entendía y de lo cual no contaba con antecedente alguno. Atrapado en esa coyuntura, el joven, redactó las horribles escenas relacionándolas con aspectos de la vida cotidiana, al mismo tiempo recurriendo e invitando a la imaginación.

“Pero no bien nos detuvimos, la noche nos rodeó. No una noche sin luna o una noche oscurecida por las nubes, sino la noche de una recámara sin ventanas…”

Las casas romanas carecían de ventanas. Tanto la luz como  el aire venían de un patio ubicado en el centro de las casas: una ventana al cielo que permitía la entrada a la lluvia. Tomando en cuenta la arquitectura de su época, la descripción de Plinio toma sentido. El romano retomó un elemento  común de su cultura para describir la oscuridad sin precedentes. El género de la crónica dista de ser un mero retrato de la realidad. Los cronistas son artistas de su tiempo: toman fragmentos de su mundo para darle forma y pensarlo. Esto último es el máximo valor presente en estos textos: la crónica es la realidad vuelta literatura; es el mundo como idea. [https://cultura.nexos.com.mx/plinio-el-cronista-de-las-cenizas]  

La petición a Plinio el Joven de hablar de la muerte de su tío, le llegó de Cornelio Tácito, posiblemente el historiador romano que mejor retrató el Imperio en el siglo I d. C. Dicha aseveración se traduce al leer las primeras frases de la carta en cuestión, que sirven para agradecer a Tácito sus intenciones.

“La inmortalidad que merecen tus escritos, contribuirá en gran medida a perpetuar su memoria”.

El relato de los hechos comienza en la ciudad de Miseno, situada el extremo contrario de la bahía, respecto a la zona más afectada por la erupción. Concretamente el 24 de agosto a la séptima hora, aunque estos datos son puestos en duda actualmente por la historiografía, que retrasa la erupción al mes de octubre del 79. Pues bien, en ese momento, según Plinio el Joven, su tío alertado por la madre del primero, pone en marcha los preparativos para salir al mar, ante la curiosidad que despertaba aquella nube en forma de pino sobre el Vesubio.

Plinio el Viejo, en aquellos momentos Prefecto de la flota romana en Miseno, mandó preparar su “liburna” personal. Un pequeño barco empujado por dos filas de remeros, copiado a los piratas de Liburnia por la flota romana. Pero ante la petición de ayuda que llegó de la esposa de un tal Tascio, un desconocido personaje para la historia, Plinio decide cambiar de planes haciendo preparar varios cuadrirremes. En pocas líneas de texto, Plinio el Viejo pasa de ser un curioso, a un héroe, al menos es así como nos los descubre su sobrino.

“se dirige rápidamente al lugar del que todos los demás huyen despavoridos”

Ante el cariz de los acontecimientos, con caída de ceniza, piedras pómez y rocas ennegrecidas, Plinio el Viejo decide dirigirse a la casa de su amigo Pomponiano, situada en Stabia, 6 km al sur de Pompeya. Tras calmar a sus amigos y engullir una copiosa cena, se dispuso a descansar en casa de su amigo. Sin duda un exceso de confianza, que nos puede llamar la atención, al pensar que ni siquiera un destacado naturalista, como Plinio el Viejo, tenía una visión clara de los peligros reales de una erupción de tal magnitud.

A media noche hubo un intercambio de pareceres entre Plinio y su amigo Pomponiano. Para el primero era más peligroso la caída de piedras, por lo que debían continuar en casa. Para el segundo, el mayor peligro era los continuos temblores que podían derrumbar la casa con ellos dentro. Parece ser que se salió con la suya Pomponiano, ya que ataviados con almohadas en la cabeza abandonaron la casa. Posiblemente sin comprender ambos, que el principal peligro era el irrespirable aire, con alto contenido en azufre que se apoderó del sur de la bahía, y que tal vez ocasionó la muerte de Plinio el Viejo.

“Apoyándose en dos jóvenes esclavos pudo ponerse en pie, pero al punto se desplomó, porque, como yo supongo, la densa humareda le impidió respirar y le cerró la laringe, que tenía de nacimiento delicada y estrecha y que con frecuencia se le inflamaba”

Sin saber nada de la suerte de su tío y ante el mayor peligro que existía en Miseno, que no era otro que los temblores de tierra, por otro lado, habituales en la zona, aunque nunca de aquella magnitud. Madre e hijo deciden pasar el tiempo en la zona exterior de la casa. Concretamente el joven Plinio se dedicó a la lectura de las obras de Tito Livio, siguiendo los consejos de su tío. Así estaban cuando llegó un amigo personal de Plinio el Viejo, por cierto, llegado de Hispania, que les aconsejó abandonar la casa rumbo al norte. En ese momento Plinio nos describe un maremoto.

“Veíamos que el mar se retiraba sobre sí mismo y se replegaba como empujado por los temblores de tierra. Desde luego, la costa había avanzado y gran cantidad de animales marinos se encontraban varados sobre las secas arenas”.

La huida se hizo complicada para Plinio el Joven. Además de la gran cantidad de personas que caminaban rumbo al norte, y que hacía complicada la marcha con carros. El lento caminar de su madre hizo que no se hubieran alejado mucho de Miseno, cuando una gran nube negra se apoderó del lugar, la noche que llegó a continuación fue descrita como terrible por Plinio.

“Cuando se hizo de noche, pero no como una noche nublada y sin luna, sino como una habitación cerrada en la que se hubiera apagado la lámpara. Podías oír los lamentos de las mujeres, los llantos de los niños, los gritos de los hombres…”.

Tras la noche Plinio comprendió que había sido un error la huida. Volvió junto a su madre a Miseno a esperar noticias de su tío. A pesar de los temblores, el sol salió e iluminó toda aquella tierra cubierta por una densa capa de cenizas grises, pero su tío no volvió.-

Área de los efectos del Vesuvio – año 79

La víctima más conocida de aquel desastre, el erudito Plinio el Viejo, que estaba al norte de la bahía, quedó tan asombrado por lo que contemplaba desde lejos que decidió embarcarse para observar mejor el prodigio.

Su sobrino, Plinio el Joven, nos cuenta esta historia en una conocida carta dirigida a su amigo el historiador Tácito. Se trata del testimonio escrito más importante de la época, a pesar de que muchos historiadores lo cuestionan como poco fidedigno. Sin embargo, no todos los comentaristas han reparado en que la carta está escrita desde una interesante visión heroica que nos sugiere ver el desastre del Vesubio a partir de la comparación con la misma guerra de Troya.

Como hasta muchos siglos después no se supo que el Vesubio era un volcán, observamos cómo el mismo Plinio el Viejo sólo lo cita en su Historia Natural (14, 22) para decirnos que se trata de un lugar donde se crían ásperos vinos. A pesar de todo lo que sabía sobre el mundo conocido, Plinio no pudo adivinar que lo que él consideraba una fértil montaña acabaría también con su vida, como terminó con la de cientos de personas que apenas hoy conocemos. Él murió igualmente, qué duda cabe, pero morir tras haber dejado grandes escritos o hazañas implica, al menos, no morir del todo.

El Vesubio ya había sido escenario antiguo de sucesos históricos, pues fue allí donde comenzó su particular aventura liberadora el gladiador Espartaco. Sin embargo, el suceso que convirtió al Vesubio en protagonista de la historia antigua fue su espectacular y destructiva erupción. Así pues, lo que algunos atribuyeron a un cruel castigo de los dioses terminó encontrando al cabo de los siglos una causa natural, pues el Vesubio era un volcán. Esta afirmación, sin embargo, no sirve de nada si no tenemos en cuenta cuál es el concepto de volcán. El problema está en el hecho de que en latín no existía ni la palabra ni la idea de lo que era semejante cosa. Bien es verdad que ya Cicerón había hablado de las Vulcaniae insulae al referirse a las islas volcánicas o Eolias que se encuentran al norte de Sicilia, pero aún así no dejaba de pensar en el dios Vulcano como morador del Etna. La palabra “volcánico” nos remite, en principio, a este dios mitológico, el Hefesto de los griegos, engañado por Afrodita (o Venus, en el caso de que lo llamemos Vulcano) y dotado de extraordinarias habilidades en el uso de la fragua. Como es el dios del fuego, los antiguos situaban su fragua precisamente bajo el imponente Etna siciliano. Al cabo de los siglos, tuvieron que llegar a nuevas latitudes los navegantes portugueses para que se les ocurriera aplicar aquella poderosa imagen del mundo clásico a los nuevos volcanes tropicales que estaban descubriendo. Aquello fue lo que produjo un singular efecto de ida y vuelta, ya que los descubridores llamaron volcanes a desconocidas realidades que, sin embargo, ya eran antiguas. El imaginario grecolatino servía para comprender mejor lo que se iba descubriendo. El Etna, la antigua mansión de Vulcano, pasó por tanto a ser un volcán, al igual que ocurrió con el Vesubio.

Sin embargo, en la época de la erupción del 79, al desconocer las verdaderas causas naturales del desastre, aquel suceso pudo ser visto como una señal del fin de los tiempos. A los pensadores estoicos, como Séneca, les gustaba pensar de esta manera, interpretando así los fenómenos naturales como castigos ejemplares. Cuesta mucho entender que semejante destrucción sea tan gratuita, y algo parecido sintieron los mismos pensadores ilustrados, como Voltaire y Rousseau, ante el terremoto de Lisboa de 1755.

La caída de la piedra pómez y la ceniza sobre Pompeya bajo una interminable noche cuyos únicos resplandores provenían de la lava encendida creó un perfecto imaginario apocalíptico.Durante aquellas horas de incertidumbre, miedo y agonía, Plinio el Viejo se convirtió en un héroe a su pesar. Plinio el Joven nos relata la hazaña de su tío y su propia experiencia de lo sucedido. Sin embargo, este relato no tuvo crédito durante muchos siglos, hasta que la moderna ciencia de los volcanes pudo comprobar que lo que allí narrado suponía una precisa observación. Lo que en un principio fue considerado una fantasía de su autor terminó viéndose como un importante testimonio.

Así las cosas, no creemos que lo más importante sea el fenómeno natural en sí mismo, sino la propia vivencia que el joven Plinio nos narra de los hechos vividos. Las cartas suponen también un esfuerzo por comprender una terrible desgracia que Plinio, tanto por su educación escolar como por una necesidad de situarse ante la Historia, va a comparar con la propia caída de Troya.

La pequeña gran epopeya comienza cuando tío y sobrino se encontraban en Miseno, a unos 32 kilómetros del Vesubio. Su tío estaba entonces al mando de la flota de la región. Era verano, probablemente el 24 de agosto del año 79, hacia la hora séptima (la una de la tarde), cuando pudo verse a lo lejos un nube gigantesca semejante a un pino (hay que entender que un pino mediterráneo, de copa redonda). Por su situación, aquella gran nube de humo debía de provenir del monte Vesubio. El naturalista queda admirado por lo que ve y decide acercarse hasta donde se produce el fenómeno como algo digno de estudio. Para ello ordena que se le prepare una nave pequeña con el fin de hacer la travesía. Invita a su sobrino a acompañarle, pero éste rehúsa con la razón o excusa de que debe seguir con el trabajo de investigación encomendado por su propio tío.

Antes de partir ocurre un suceso inesperado que anticipa la desgracia: recibe Plinio el Viejo una petición de ayuda de unos amigos suyos que están cerca del Vesubio. En este momento, a la simple curiosidad se añade la voluntad de socorro, pues decide entonces enviar unas embarcaciones mayores en auxilio de los necesitados. Quizá la imagen más heroica de todo este relato sea la que nos permite imaginar a Plinio el Viejo navegando hacia el volcán en dirección contraria de los que huyen, bajo una lluvia de piedras.

Sin embargo, su embarcación no pudo acercarse tanto como él quiso hasta el volcán y se vio obligado a desviarse hacia Estabia, más al sur, donde estaba la villa de su amigo Pomponiano. Una vez allí, Plinio infunde ánimos y pide ser llevado a la sala de baños para quitarse la suciedad acumulada durante un viaje expuesto al humo y la lluvia de piedra. Desde allí se aprecia claramente que hay fuego en el Vesubio, lo que crea todavía mayor temor, pero él tranquiliza a sus amigos aduciendo que deben de ser antorchas dejadas por la gente que huye.

Una vez más, la incomprensión de lo que ocurre nos hace ver sólo lo que queremos. Tras la cena, Plinio duerme plácidamente en lo que iba a ser sin duda su última noche con vida. Este comportamiento deja patente la valentía del naturalista y militar, si bien es posible que su sobrino haya querido infundirle estos tintes heroicos para dar mayor dramatismo a su muerte. Como la lluvia de piedras persistía y parecía que la casa se iba a venir abajo, se decidió despertar a Plinio y valorar si era mejor permanecer dentro o fuera. La noche seguía siendo cerrada a la hora del amanecer, y ya no quedaba otra salida que acudir a la costa para intentar huir desesperadamente. Sin embargo, el mar era innavegable, por lo que quedaba excluida la única salida posible. Es entonces cuando a Plinio le sorprendió la muerte, quizá por causa de un infarto, sin sufrir mayores agonías.

Al otro lado de la bahía, su sobrino Plinio el Joven vive otra peripecia, aunque con mejor suerte. Cuando su amigo Tácito le pide que recuerde lo que le ocurrió también a él, se siente como Eneas ante la reina Dido al comenzar a narrar a ésta las desgracias de Troya. Esta comparación de situaciones ayuda a Plinio a entender mejor su propia experiencia, pues la educación clásica servía precisamente para establecer tales analogías y asimilar mejor nuestra propia experiencia.

Si Plinio comparó la destrucción de Pompeya con la caída de Troya, Primo Levi, en su poema “La niña de Pompeya”, tendrá como referentes a Anna Frank y la bomba de Hiroshima, pues cada época presenta sus desgracias ejemplares. Por tanto, Plinio el Joven nos refiere cómo continuó trabajando tras la partida de su tío. A sus diecisiete años, no era un joven demasiado consciente de la gravedad de aquellos temblores de tierra. Intentó seguir estudiando, quizá para intentar olvidar lo que ocurría fuera. Tanto él como su madre se habían refugiado en el patio de la casa, sin saber que estaban corriendo un grave peligro, pues las paredes circundantes podían venirse abajo en cualquier momento. Por ruego de un amigo salen e intentan huir. Fue allí donde se dieron cuenta de la verdadera gravedad de lo que ocurría, al mezclarse con la multitud aterrada. Dejaron atrás la población con el Vesubio en erupción a sus espaldas, y al volver la vista contemplaron, entre temblores de tierra, cómo el mar devoraba las playas, mientras la montaña continuaba vomitando fuego y piedras. Ante un espectáculo tan apocalíptico la única solución era seguir alejándose, pero tanto a su madre como a él les preocupaba la suerte de su tío. Sin embargo, Plinio obliga a su madre a continuar huyendo, a pesar de que ella prefiere permanecer expuesta al peligro. Llegó la noche, que algunos creyeron que ya sería eterna, y el propio Plinio creyó que el mundo iba a perecer con él. A medida que la lluvia de piedra y los temblores amainaron, Plinio y su madre regresaron a Miseno, a la espera de nuevas sobre su tío, a quien ya no verían más con vida.

Tras este episodio funesto, el Vesubio ya no volvió a ser aquella montaña fértil de antes. Su aspecto cambió, al desplomarse sus laderas y quedar un enorme cráter de unos once kilómetros de circunferencia. Las laderas boscosas y los olivares y viñedos de las faldas se tornaron en un paisaje gris. El poeta hispano Marcial describe la devastación de lo que en otro tiempo fue un lugar lleno de vida:

“He aquí el Vesubio, hace poco verde bajo la sombra de los pámpanos; aquí la noble uva había hecho desbordarse las cubas llenas de vino: éstas son las cumbres que Baco amó más que a las colinas de Nisa, en este monte danzaron los sátiros. Esta era la morada de Venus, más grata para ella que Lacedemonia, este lugar era famoso por el nombre de Hércules. Todo yace sumergido en llamas y en siniestra ceniza: ni los dioses del cielo hubieran querido que esto les fuese permitido.” (Mart. 4,44,1 trad. de Dulce Estefanía).

FRANCISCO GARCÍA JURADO – https://clasicos.hypotheses.org/646

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En contraste con la vivencia del joven Plinio, comunicada en sus epístolas a Tácito, subsiguientes escritores y artistas de todo género representaron la catástrofe de Pompeya y Herculano a tenor de sus respectivas imaginaciones. Entre esas reconstrucciones ficcionales (poesía, novela, teatro, cine) se encuentra la muy difundida narración “Los  últimos días de Pompeya”, del prolífico escritor inglés Edward Bulwer-Lytton.

Edward George Earle Bulwer-Lytton, primer barón Lytton (Londres25 de mayo de 1803Torquay18 de enero de 1873), fue un poetanovelistadramaturgopolítico y periodista británico.-

Hijo menor del general William Earle Bulwer, de Heydon Hall y Wood Dalling (Norfolk), nació en Londres el 25 de mayo de 1803. Su madre, Elizabeth Barbara, hija de Richard Warburton Lytton, de Knebworth (Hertfordshire), se estableció en Londres tras la muerte de su esposo.- Bulwer, que era delicado y neurótico, dio pruebas de un talento precoz y fue enviado a varios internados, hasta que en el centro de un tal Mr. Wallington en Ealing encontró en su maestro a un oyente comprensivo y admirativo.

En 1822 ingresó en el Trinity CollegeCambridge. En 1825 ganó un premio de poesía. Al año siguiente se licenció en Artes, publicando un librito de poemas: Weeds and Wild Flowers. Pasó brevemente por el ejército y, contra los deseos de su madre, contrajo matrimonio con Rosina Doyle Wheeler. Su madre, entonces, le retiró la asignación económica, y Lytton tuvo que ponerse a trabajar. En 1836, tras una tormentosa relación, se separó de su mujer. Tres años más tarde ella publicaría una novela en la que caricaturizó a su marido. Estos ataques se prolongarían durante años. (Con su habitual habilidad en divulgar biografías de autores famosos, André Maurois relató detalles de esta tormentosa relación en uno de los capítulos de su libro Los mundos imaginarios.)

En 1831 resultaría elegido para el Parlamento, sitial que conservó durante nueve años. Su carrera política se prolongó en el tiempo, y no hizo más que prosperar, haciéndole merecedor, entre otros nombramientos, el de Secretario de Estado para las Colonias.

. Escribió en una gran variedad de géneros, incluyendo ficción histórica, misterio, novela romántica, ocultismo y ciencia-ficción. De sus relatos macabros, como la novela Zanoni o los cuentos “Strange story” y “La casa y el cerebro”, señaló H. P. Lovecraft, en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura, que «pese a sus fuertes dosis de retórica y de hueco romanticismo, el éxito de sus escritos es innegable merced a su habilidad para tejer una cierta clase de singular encantamiento». Una de sus más difundidas novelas “exotéricas” fue “Los últimos días de Pompeya”, historia de una familia romana residente en esa ciudad en vísperas de la erupción del Vesuvio.  La erupción del año 79 fue precedida por un poderoso terremoto 17 años antes, el 5 de febrero del año 62, que causó una destrucción generalizada alrededor del golfo de Nápoles.-

Traducciones del libro de Bulwer-Lytton se han vendido bien en todo el mundo. En mi adolescencia lo reeditó la popularísima editorial Tor y no me privé de comprarlo en el kiosko de la estación de Quilmes, aunque su lectura me decepcionó un tanto. El que no encontré ahí fue uno que mencionaban compañeritos que sabían leer inglés y con aire de suficiencia mencionaban su título en ese idioma: “The Coming Race“.

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La  raza venidera, de Edward Bulwer Lytton: ¿Ciencia–ficción pasada de moda o un libro para iniciados?

Por Jorge Oscar Rossi

En ella el narrador es conducido por un ingeniero de minas a un mundo subterráneo poblado por una raza extraña. Ese pueblo posee un poder misterioso que le ha permitido vivir sin maquinas y sin todos los aspectos de la civilización moderna. Ese poder es el llamado Vril. Su autor era el mismo caballero Edward George Earle Lytton Bulwer-Lytton, 1er. Barón Lytton, nacido en Londres el 25 de mayo de 1803.
Además de tener muchos nombres, Lytton participó activamente en política y fue un escritor famoso en su tiempo. Sus obras eran éxito de venta. Sin embargo, luego de su muerte en 1873, la mayoría de sus libros quedaron en el olvido.

Al parecer, Lord Lytton fue miembro de la Sociedad Rosacruz Inglesa, una sociedad secreta fundada en 1867 por Robert Wentworth Little. El dato tendría solo valor anecdótico si no fuera que varios de sus libros, por ejemplo “Zanoni”, de 1842, parecen haberse escrito bajo la influencia de las ideas que Lytton ya tenía por su anterior participación en otras sociedades rosacruces.
Como acotación, un grupo de miembros de la Sociedad Rosacruz Inglesa creará en 1887 la Hermetic Order of the Golden Dawn in the Outer, u Orden Hermética del Dorado Amanecer en el Exterior, sociedad de la que fueron miembros, según se dice, Arthur Machen y Bram Stoker.
De todas maneras, los intereses literarios de Lytton no se agotaron en el ocultismo. Escribió novelas históricas, románticas, de misterio y fue, probablemente sin proponérselo, uno de los pioneros de la ciencia ficción.

Precisamente, en 1871, Lytton publicó una extraña novela titulada “The Coming Race“.
En español, fue editada como “La Raza Venidera” por Ediciones Abraxas, en el año 2000, en traducción de Jorge A. Sánchez. También se tradujo el titulo como “La Raza Futura” o “La Raza que nos suplantará”. En el 2004, Ediciones Jaguar sacó una edición en castellano, con el titulo “Vril, el Poder de la Raza Venidera”.

¿De que cosas se entera el protagonista acerca de los Vril-ya y el Vril?
 Sobre la historia de los Vril-ya: “Según las primitivas tradiciones, los progenitores más remotos de la raza habitaron en un mundo en la superficie de la tierra, sobre el mismo lugar que sus descendientes entonces habitaban.” (pag 51)

“…la porción de la superficie habitada por los antepasados de esta raza sufrió inundaciones, no repentinas, sino graduales e incontrolables, en las que fueron sumergidos y perecieron todos, salvo un pequeño número.” (pag. 51)
“Un grupo de la desdichada raza, invadida por las aguas del Diluvio, huyendo de ellas se refugió en cavernas entre las más altas rocas y vagando por hondonadas cada vez más profundas perdieron de vista para siempre el mundo de la superficie.” (pag.52)

“La palabra A-Vril era sinónimo de civilización y Vril-ya significaba “Las Naciones Civilizadas”, nombre común por el cual las comunidades que utilizaban tal agente se distinguían de las que estaban todavía en estado de barbarie”. (pag.55)

 Sobre el Vril y sus efectos: “…no existe palabra alguna en ningún idioma, de los que yo conozco, que sea un sinónimo exacto de la palabra vril…Aquella gente creía que en el vril habían alcanzado a la unidad de las energías naturales…” (pags. 45 y 46)
“Puede destruir como el rayo; en cambio, aplicado diferentemente, puede restablecer y vigorizar la vida, curar y reservar…Por medio del mismo agente atraviesan las sustancias más sólidas y abren valles al cultivo…Del mismo extraen la luz que les proporcionan sus lámparas…” (pag. 54)

“…la guerra entre los descubridores del Vril cesó, por la sencilla razón de que desarrollaron el arte de destrucción a tal grado de perfeccionamiento que anularon toda superioridad en numero, disciplina y estrategia militar. El fuego, concentrado en el hueco de una vara manejada por la mano de un niño, era capaz de abatir la más resistente fortaleza…Si un ejército se enfrentaba con otro y ambos dominaban tal agente no podía ocurrir otra cosa que la aniquilación mutua.” (pag. 54)

“…puesto que en la lucha un gran numero han de perecer, la naturaleza selecciona a los más aptos. En nuestra raza, aún antes del descubrimiento del vril, solo las más elevadas organizaciones fueron preservadas. Hay en nuestros antiguos libros una leyenda, que en su tiempo fue creída por todos, según la cual fuimos traídos de una región que parece ser el mundo del que usted viene, a fin de perfeccionar nuestra condición y alcanzar el más puro refinamiento de nuestra especie por medio de las terribles luchas que nuestros antepasados tuvieron que desarrollar y que, una vez que nuestra educación se haya completado, estamos destinados a volver al mundo de la superficie y suplantar a todas las razas inferiores que hoy lo pueblan”. (pag. 88)

* Sobre el origen de los Vril-ya: “…mi convicción es que aquel pueblo, aunque originalmente de nuestra raza – y creo sinceramente, a juzgar por las raíces de su lenguaje, descendientes de los mismos antepasados de la gran familia aria de la cual, en corrientes diversificadas se ha desarrollado la civilización dominante en el mundo-…” (pag. 175).

De hecho, a Lytton se lo recuerda mucho más en los círculos esotéricos que entre los amantes de la ciencia ficción.
Por ejemplo, el Vril fue una palabra destinada a perdurar en el tiempo. En Alemania, en medio de la proliferación de grupos ocultistas que encontramos al final del siglo diecinueve, hallamos una “Sociedad Vril”, dedicada al dominio de ese poder. Su símbolo era la esvástica o cruz gamada, el mismo que años después usarían los nazis.
La Sociedad Vril fue originalmente conocida como Logia Luminosa o Hermanos de la
Luz. Los miembros de la Sociedad Vril pensaban que la novela de Lytton era más que ficción. Según ellos, encerraba ciertas verdades ocultas que solo eran visibles para los iniciados.
La Sociedad Vril creía que bajo la tierra existe un reino subterráneo llamado Agarthao Agarthi. Allí vive una raza superior, esperando el momento de subir a la superficie y someter a la raza humana. Esos habitantes de las zonas interiores poseen el Vril. Entrar en contacto con ellos implica la posibilidad de lograr una alianza estratégica, como se diría ahora, muy importante. 


Para esta Sociedad, “El Vril es la enorme energía de la cual sólo utilizamos una ínfima parte en la vida ordinaria, el nervio de nuestra divinidad posible. El que llega a ser dueño de un vril se convierte en dueño de sí mismo, de los demás y del mundo.{[61]} Aparte de esto, no hay nada deseable. Todos nuestros esfuerzos deben tender a ello. Todo lo demás pertenece a la psicología oficial, a la moral, a las religiones, al viento. El mundo va a cambiar. Los Señores saldrán de debajo de la Tierra. Si no hemos celebrado una alianza con ellos, si no somos también señores, nos veremos entre los esclavos, entre el estiércol que servirá de abono a las nuevas ciudades.” 

 
Volviendo a “The Coming Race“, el Vril es presentado por Lytton como una especie de fuerza primordial cuyo manejo exige una destreza que los Vril-ya han adquirido a lo largo de las generaciones.
En el idioma de los Vril-ya, la palabra Ana corresponde a nuestro plural hombres. An,
al singular hombre. La palabra para mujer es Gy y enplural se transforma en Gy-ei.
Las Gy-ei no solo son iguales en derechos a los Ana sino que, por lo generalson más fuertes que ellos, más altos y con mejor musculatura. Como si fuera poco, entre este pueblo es la mujer la que corteja al hombre. Eso sí, después de casarse, la Gy adopta un papel bastante sumiso.

Los Vril-ya vuelan, gracias a unas alas artificiales. Son vegetarianos y no beben alcohol. Físicamente son más altos que nosotros y poseen una rara belleza, en especial caracterizada por un cutis sin arrugas y cuerpos sin el menor defecto. En definitiva, son de una perfección que aburre. Algunos tienen la piel rojiza y otros son “mucho más rubios y con ojos azules; cabello de oro y cutis de color más subido que los individuos del norte de Europa.” Políticamente hablando, desprecian la idea de democracia, a la que consideran “el gobierno de los ignorantes o el de las mayorías”.

En cuanto a su tecnología, además de utilizar al Vril para todo lo imaginable, se sirven de innumerables máquinas manejadas por autómatas (una especie de robots). Por supuesto, el Vril es la fuente de energía tanto de maquinas como de autómatas.
Los Vril-ya adultos son bastante indolentes y aficionados al lujo y la música. Los que trabajan son… los niños. El protagonista y narrador de la novela es alojado en la enorme casa de una familia Vril-ya, compuesta por dos adultos, Aph-Lin y su esposa, Bra, y sus hijos.
Lo tratan bien…, tan bien como a una querida mascota. Así como nosotros podríamos dudar entre diseccionar a una rana o darle de comer y cuidarla como a un juguete simpático.

Hay una Gy que comenzó a mirar a nuestro héroe con otros ojos. El problema es que es la hija de sus anfitriones. Esta chica, de nombre Zee, pertenece al Colegio de Sabios y se empezó a entusiasmar con el muchacho. Este se siente levemente preocupado, por dos razones: a) A nuestro héroe no le basta con no hacer nada para conjurar el peligro: no olvidar que en esta sociedad las que cortejan son las mujeres.


b) Los Vril-ya son decididamente racistas: Cuando el protagonista, todo un caballero victoriano, le cuenta a Aph-Lin que su hijita lo mira con ojos tiernos, el papi le suelta este discurso: “considero que has obrado como debías en advertirme. Como tú dices, no esta fuera de lo común que una muchacha soltera tenga gustos, en cuanto al objeto que anhela, que parezcan caprichosos a otros; pero no hay poder capaz de obligar a una Gy a seguir un curso opuesto al que ella misma decida seguir. Todo lo que podemos hacer es razonar con ella; pero la experiencia me enseña que es en vano que el entero Colegio de Sabios trate de disuadir a una muchacha en cuestiones que conciernen a su elección en amor. Lo siento por ti; porque tal matrimonio sería en contra del bien de la comunidad; puesto que los vástagos de tal matrimonio adulterarían la raza. Incluso podrían venir a este mundo con dientes de animales
carnívoros; lo cual no podría permitirse. Zee, como Gy, no puede ser dominada; pero tú, como Tish, puedes ser destruido. Te aconsejo, por tanto, que resistas sus insinuaciones.” (pag.139)

Una aclaración, “Tish” no quiere decir “extranjero”, sino que “metafóricamente
significaba, “pequeño bárbaro”; literalmente “ranita”. Los niños dan este nombre
cariñoso a las especies de ranas domésticas, que guardan en sus jardines.”


La novela es corta, (unas 50.000 palabras en la edición en castellano) y puede leerse, como mínimo, de dos maneras bien distintas:

a) Como una sátira darwinista, es decir, como una crítica irónica y a veces sarcástica de adonde nos puede llevar la selección natural y la aplicación del principio de “supervivencia del más apto”, en materia social. Lytton nos dice: un día llegará la “raza perfecta” y nos destruirá a todos, sin piedad, porque nuestros errores no nos hacen merecedores de salvación. El autor se muestra bastante irónico con su mundo y, en especial, con las costumbres de los estadounidenses, a quien Lytton presenta, proféticamente, como la futura potencia mundial.

Al respecto, a través del narrador nos dice cosas como estas: “Naturalmente procuré presentar al mundo, del que venía, con los más
favorables colores y me referí ligera, aunque indulgentemente, a las anticuadas
instituciones europeas, con idea de contrastarlas con la presente grandeza y futuro
predominio de la gloriosa República norteamericana a la cual Europa
envidiosamente trata de emular presintiendo su ruina.” (44)

“Afortunadamente recordé en aquellos momentos la peroración, sobre los efectos
purificadores de la democracia americana, destinada a difundirse por todo el
mundo, de cierto elocuente orador (por cuyo voto la compañía ferroviaria a la cual
dos de mis hermanos pertenecían, acababa de pagar 20.000 dólares), terminé
repitiendo las entusiastas predicciones sobre porvenir magnífico que la humanidad
tenía ante sí, una vez que la bandera de la libertad ondeara en todo el continente y
que doscientos millones de ciudadanos inteligentes, acostumbrados desde su
infancia a la diaria manipulación de los revólveres, aplicara a un universo
acobardado la doctrina del patriota Monroe.” (44 y 45)

“…Por tanto, es imposible negar que el estado de existencia entre los Vril-ya es, en
conjunto, inmensamente más feliz que el de las razas supraterrestres. Tal estado es
la realización de los sueños de nuestros filántropos más entusiastas y se aproxima
al concepto poético de un orden angelical. Con todo, si reuniéramos a un millar de
seres humanos de los mejores y más filósofos de entre las poblaciones de Londres,
París, Berlín, New York o Boston, como ciudadanos de esta comunidad beatífica,
mi creencia es que, en menos de un año, morirían de aburrimiento o intentarían
una revolución, en contra del bien de la comunidad,…” (174)

Si leemos “The Coming Race” con esta mirada, diríamos que es semejante a “Los viajes de Gulliver” (1726) de Jonathan Swift, es decir, una sátira de la política y sociedad de su época. No olvidemos que Lytton, como dijimos, tuvo una activa participación en la vida e instituciones políticas de su país: En 1831 fue elegido para el Parlamento, en la Cámara de los Comunes, puesto que conservó durante nueve años. En 1852, ya noble, pasó a la Cámara de los Lores. Su carrera política no hizo más que prosperar, llegando a ocupar el cargo de Ministro de las Colonias en 1858.

b) Como un libro para iniciados, es decir, una obra que cuenta una historia “exotérica” para el gran público, y una historia esotérica para aquellos que tengan un conocimiento previo.   Para esta forma de entender el libro, tenemos que Lytton le contó al gran público una fábula utópica, esencialmente una historia de aventuras que transcurre en un mundo desconocido y enigmático, a la manera de un Julio Verne, que en 1864 había publicado “Viaje al Centro de la Tierra”. Para el público en general, sería una novela de aventuras y descubrimiento de civilizaciones perdidas, tan común a fines del siglo XIX y principios del XX.

En cambio, a los iniciados, el Rosacruz Lytton les transmitió su certeza o conocimiento de que existen seres dotados de poderes sobrehumanos, que nos suplantarán y, eventualmente conducirán a los pocos elegidos de nuestra raza a una formidable “mutación”. Se producirá así el advenimiento del Superhombre, es decir, el paso a una nueva humanidad.

Estos seres que viven en su reducto subterráneo, serían esos “Superiores Desconocidos” mencionados y anhelados por muchos miembros de sociedades secretas. Todo esto se empalma, por ejemplo, con una antigua leyenda, tal vez originaria del Asia Central. Según la misma, existen bajo la corteza terrestre dos reinos, el de Agartha y el de Shamballah. Para algunos, Agartha es el Reino del Bien y Shamballah el del Mal. Para otros es a la inversa. En el Tíbet, existe una puerta que conduce al reino de Agartha, custodiada por los lamas, así como existen otras supuestas puertas en otras regiones del planeta, como en Afganistán, en las Rocallosas, en el Amazonas y en la República Argentina.

Años después de la aparición de “The Coming Race“, los primeros nazis, los iniciados de Thule, la Sociedad Vril y otros grupos esotéricos más, buscaron desesperadamente la clave de ese poder que aseguraría su dominio sobre el mundo. Algunos nazis pensaban que el Vril era la clave para conseguir lo que llamaban “El Superhombre”, es decir, una nueva raza humana, ni más ni menos. Sin embargo, no podemos dejar de mencionar que el autor no parecía muy entusiasmado con la futura “salida a superficie” de esta civilización subterránea. En definitiva, el protagonista llega a la conclusión de que los Vril-ya y su sociedad son tan perfectos que aburren…y aterran. Y Lytton se ocupa de destacar esto:

“En manera alguna, trato, con esta narración, de denigrar a la raza a la cual
pertenezco. Por el contrario, he tratado de poner de manifiesto que los principios
en que se funda el sistema social de los Vril-ya impide a éstos producir los ejemplos
individuales de grandeza humana, que adornan los anales del mundo superior. En
donde no haya guerras, no pueden surgir hombres, tales como Aníbal o
Washington; Jackson o Sheridan. En estados tan felices que, ni temen peligro
alguno, ni desean cambio de ninguna especie, no pueden nacer hombres como:
Demóstenes, Webster, Summer, Wendel Holmes o Butler. En una sociedad de tal
norma moral, en que no hay crímenes, ni tristezas, de las cuales la tragedia pueda
extraer elementos de piedad y de compasión, ni vicios manifiestos o tonterías,
sobre los cuales la comedia pueda ejercitar su sátira divertida, no hay oportunidad
de producir un Shakespeare, un Moliére o unBreecher Stowe. Si bien no deseo hablar mal de mis compatriotas, sobre la tierra, haciendo ver hasta qué punto los motivos, que impulsan las energías; y ambiciones de los individuos, en una sociedad decontienda y de lucha, se amortiguan y se anulan en una sociedad que aspira a asegurar, para todos, la calma y la felicidad, que suponemos ser lote de los inmortales, tampoco pretendo presentar a las comunidades de los Vril-ya como forma ideal de sociedad política, a cuya consecución debamos dirigir nuestros esfuerzos.” (174)

“Los Vril-ya, al surgir de la tierra, inducidos por el encanto de un cielo alumbrado por el sol, se inclinarían a establecerse sobre la tierra, iniciarían de inmediato la obra de destrucción, se apoderarían de los territorios ya cultivados, sin escrúpulo de ninguna clase, y aniquilarían a todos los habitantes, que resistieran tal invasión.
Teniendo en cuenta el desprecio que sienten por instituciones tales como el
gobierno popular y por el de los habitantes de mi querido país, yo creo que si los
Vril-ya aparecieran primeramente en la libre América, como es la porción elegida
de la tierra, indudablemente dirían: “Esta es la parte del globo que tomamos.
Ciudadanos del Koom Posh, dejad lugar para el desenvolvimiento de la raza de los Vril-ya”. (174 y 175)

“Y cuanto más pienso en una gente que, en regiones excluidas de nuestra vista y consideradas inhabitables por nuestros sabios, desarrollan poderes, muy superiores a nuestros más disciplinados sistemas, con cuyas virtudes nuestra vida social y política resulta más antagónica, a medida que progresamos… más ardientemente ruego a Dios que transcurran muchas edades antes de que surjan a la luz del sol nuestros destructores inevitables.” (187)

Uno no puede dejar de preguntarse si estas palabras reflejan la opinión y deseos del autor, o son solo un ingenioso recurso para hacer “digerible” la novela para el gran público (una historia exotérica donde el protagonista se identifica con el lector, para “encubrir” el mensaje esotérico destinado a los iniciados).

Lytton dedica muchas páginas a describir las costumbres, el lenguaje, la economía, la religión, la política y el arte de los Vril –ya. Lo narra en primera persona, desde el punto de vista de su protagonista y la lectura es llevadera, pero a más de un lector impaciente de hoy día esto le puede parecer un tanto tedioso y clamar por más “acción”.

Acción no falta, por cierto, pero hay que reconocer que la sociedad Vril-ya, por su poder y “perfección moral”, no puede pasar muchos sobresaltos. Es decir, por ejemplo, ¿hay animales feroces que matar?: Si, grandes y muy pero muy feroces, pero con el Vril, son los niños los que se encargan de matarlos. Y es fácil matarlos. Cada Vril-ya, niño o adulto porta una vara con la que puede descargar un rayo de Vril capaz de destruir una montaña. Con algo así, no hay mucha emoción a la hora de deshacerse de una amenaza.

En definitiva, el lector tiene que arriesgarse. No es un libro de “éxito asegurado”, hoy día. Diría que a aquellos a quienes no les interese el tema de las ciudades subterráneas y cuestiones conexas como la Atlántida, Hiperbórea, Agartha, etc, les puede parecer simplemente una obra envejecida. Por supuesto que el autor anticipa temas hoy clásicos en la ciencia ficción, como el de los robots, las naves voladoras con las que a veces se trasladan los Vril-ya; y que el Vril puede tomarse como un antecedente de la energía nuclear y el rayo láser, pero a muchos lectores que gusten de la “ciencia ficción dura”, las ideas de este libro le pueden resultar ingenuas y hasta pueriles.

 
H. P. Lovecraft, en su ensayo “El horror sobrenatural en literatura”, se refirió a Lytton y, con su particular estilo, al mencionar que en el siglo XIX se produjo una cantidad considerable de relatos “basados en temas “psíquicos” y seudocientíficos”, señaló que el “prolífico y popular novelista Edward Bulwer Lytton fue responsable de muchos de ellos y, a pesar de su estilo gárrulo y su hueco romanticismo, supo infundir en sus obras un cierto encanto bizarro de indudable atractivo”.

A continuación, Lovecraft comenta en forma elogiosa el cuento The House and the Brain (La casa y el cerebro) y la novela Zanoni, de Lytton.
El maestro de Providence no se refiere a The Coming Race en su ensayo, pero, al reseñar A Strange Story (Una historia extraña) de 1862, nos dice que “Lytton pone de manifiesto sus curiosamente serios estudios ocultistas, en el curso de los cuales conoció al extraño erudito y cabalista francés Alphonse Louis Constant (“Eliphas Levy”) quien declaraba poseer los secretos de la antigua magia y haber evocado el espíritu del hechicero griego Apolonio de Tiana, que vivió en la época de Nerón.”

Edward George Earle Lytton Bulwer-Lytton murió el 18 de enero de 1873.
Sus verdaderas intenciones al escribir “The Coming Race” se las llevó a la tumba, como pasa siempre. A las generaciones que lo sucedieron solo les quedó la posibilidad de especular al respecto. Several of Bulwer-Lytton’s novels were made into operas. One of them, Rienzi, der Letzte der Tribunen (1842) by Richard Wagner, eventually became more famous than the novel. Leonora (1846) by William Henry Fry, the first European-styled “grand” opera composed in the United States, is based on Bulwer-Lytton’s play The Lady of Lyons, as is Frederic Cowen‘s first opera Pauline (1876). Verdi rival Errico Petrella‘s most successful opera, Jone (1858), was based upon Bulwer-Lytton’s The Last Days of Pompeii, and was performed all over the world until the First World War. Harold, the Last of the Saxons (1848) was the source for Verdi’s opera Aroldo in 1857.


Otras referencias:
http://en.wikipedia.org/wiki/Edward_Bulwer-Lytton

posteado por kalais 30 octubre 2021 – ch

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